Maremágnum

Las redes sociales son un maremágnum curioso donde aprendes a nadar a base de desencanto y paciencia, ves el mundo a través de una puerta inmensa en donde acabas sintiéndote insignificante y torpe. De lo globalizado al micromundo. Tu mundo. ¿Hay plena libertad? Muchos posts, tweets, publicaciones, como lo quieran llamar, ahondan en lo anecdótico, una combinación léxica contradictora pero cierta. Lo ingenioso ha sustituido a lo veraz,  en la celeridad del contenido nuevo se ha perdido capacidad de análisis, se publica pensando en el retweet o el reconocimiento, no en la profundidad. Puede uno ser lo suficientemente clarividente o maduro y no dejarse arrastrar por la ola de las tendencias pero es difícil, existe una insistencia que puede persuadir a la persona más reacia  para que acabe sucumbiendo. Uno no es del todo consciente a qué se expone cuando se abre una cuenta en una de estas redes sociales, es una frase repetida que ha acabado convirtiéndose en hilo musical, la oímos pero no la escuchamos mientras somos persuadidos  por los estímulos del Me gusta, el número de visualizaciones o el RT.

Estas últimas semanas la crisis de una de las empresas precursoras en este ámbito, Facebook, ha permitido entrever la guerra de información que se vive a nuestras espaldas, un mercadeo  de perfiles estadístico de dimensiones astronómicas. Lo más alarmante es que existen “perfiles ocultos”, estos vienen dados gracias a WhatsApp o a la lista de contactos telefónica de quien se registra, debido a esto cuando una persona se hace por vez primera un perfil en la red social, le aparecen sugerencias de amigos que, de hecho, ya conoce; es decir, te guste o no formas parte del maremágnum. Los medios de comunicación han pasado por encima sobre este tema, la información “convencional”, por llamarla de alguna manera, parece haberse convertido en otro elemento turbador, o bien vive ajena a esa realidad que nos apabulla e hipnotiza.

Pero como decía debes aprender a nadar en el maremágnum y uno, a base de reafirmación lo consigue, huyendo de las #etiquetas crea su piscina particular, donde sumergirse y desconectar; sus inquietudes, aquellas que siempre le han hecho feliz, le conducen por vericuetos fructíferos e identitarios. He vivido un ejemplo de ello el pasado fin de semana, a través de un perfil que ni si quiera era contacto pero al que de una forma u otra recurro porque inconscientemente me resulta atractivo, descubrí en twitter al poeta Leonardo Panero, un artista maldito aquejado de la denostada locura.

“Contrastar la belleza y el horror, lo familiar y lo unheimlich (lo no familiar, o inquietante, en la jerga freudiana). BlakeNerval o Poe serán mis fuentes, como emblemas que son al máximo de la inquietante extrañeza, de la locura llevada al verso: porque el arte en definitiva, como diría Deleuze, no consiste sino en dar a la locura un tercer sentido; en rozar la locura, ubicarse en sus bordes, jugar con ella como se juega y se hace arte del toro, la literatura considerada como una tauromaquia: un oficio peligroso, deliciosamente peligroso”. Leopoldo María Panero, El último hombre (1984), Prefacio.

 

Desde 1970 se le consideró dentro del grupo de los «Novísimos» (incluidos en la antología Nueve novísimos poetas españoles de José María Castellet), aunque él se sintió excluido del mismo, quejándose de haber sido el único poeta ausente en la última cita de los «Novísimos» que, treinta años después de la aparición de la famosa antología, se reunieron con motivo de su reedición.

En los años 1970 fue ingresado por primera vez en un psiquiátrico. Las repetidas reclusiones no le impidieron desarrollar una copiosa producción no sólo como poeta, sino también como traductorensayista y narrador. A finales de la década de los 80, cuando por fin su obra alcanzó el aplauso de la crítica entendida, ingresó permanentemente en el psiquiátrico de Mondragón. Casi diez años después, se estableció, por propia voluntad, en la unidad psiquiátrica de Las Palmas de Gran Canaria o, como él lo llamaba, El manicomio del Dr. Rafael Inglott, donde por fin pudo descansar. Desde entonces, la Facultad de Humanidades de la Universidad de Las Palmas se convirtió en su refugio, donde encontró la amistad de algunos profesores y estudiantes que le convidaban a vivir sin sentirse un marginado hasta su fallecimiento, el 5 de marzo de 2014.​

“Los libros caían sobre mi máscara (y donde había un rictus de viejo moribundo), y las palabras me azotaban y un remolino de gente gritaba contra los libros, así que los eché todos a la hoguera para que el fuego deshiciera las palabras…” Leopoldo María Panero, «A quien me leyere», Poemas del manicomio de Mondragón (1987).

 

No sólo descubrí sus textos sino el documental sobre su familia El Desencanto, película española de 1976 dirigida por Jaime Chávarri, cuyo estreno por aquel entonces fue todo un escándalo. La viuda y los tres hijos del poeta falangista Leopoldo Panero (que había muerto en 1962) narran sus vivencias, entrecruzan sus recuerdos, y aprovechan para cobrarse deudas pendientes. Sus relaciones se cuentan con tal lujo de detalles que se puede ver y sentir la decadencia del régimen y del edificio sobre el que se asienta: unas relaciones familiares marcadas por la hipocresía y la apariencia.


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