Vuelo Sulidae

Ar-18 socavaba la tierra con sus manos, una tierra fría e inhóspita, dura y agrietada de la que era difícil sustraer humus. Pero ese era su empeño programado: localizar lo poco que quedaba de la descomposición.

—Vayan al almacén de carga a entregar lo recolectado —la orden gutural y metálica salía del altavoz encaramado al poste del vallado.

Ar-18 se preguntó si algún día cambiarían la grabación de la cinta. Cada tarde la misma frase en el ocaso fluorescente y rojizo. Desde hacía un año nadie más que él trabajaba en el Sector Norte. Aunque era una máquina sabía lo que significaba estar solo. Ni un sonido. Ni una sombra autómata. La respiración fingida, un espejismo. Se aproximó a la pasarela de control  y depositó el saco en la cinta del scanner.

—Negativo —concluyó la misma voz.

Apenas contaba con dos minutos para avanzar hacia el contenedor. Cogió el saco y concentró toda la energía estática en sus piernas. Se sentía cansado. Durante el último mes no había encontrado ningún resto animal ni vegetal que alimentara la fluidez de la mente. El algoritmo pronto se descodificaría, lo podía percibir, cada vez era más prolongado el tiempo que su cerebro pasaba en blanco. No tenía ningún sentido agotar la vértebras metálicas. Ningún sentido. Eran piezas valiosas para la recomposición de otros como él.

 

—¿Argón?

Desde su nacimiento no escuchaba el nombre completo que había anclado su irrealidad a la existencia humana.

—¿Te llamas Argón?, ¿verdad?

Ar-18 giró su grandiosa envergadura. Al fondo del contenedor, una mujer embutida en un buzo de neopreno sostenía una tablilla en la que repasaba una y otra vez documentos. Su manera de moverse le era familiar, pero desconocía la razón; la máscara de respiración indicaba que se trataba de una humana. Hacía décadas que el oxígeno había dejado de soplar entre las cenizas y los rostros habían quedado emparedados.

Ar-18 tomó la distancia de seguridad.

—No es necesario —dijo Ella.

Ar-18 no se movió ni un centímetro.

—He desconectado el sistema. Repito. No es necesario.

Entonces se fijó: las pequeñas sondas radiactivas que recubrían las paredes del contenedor yacían en el suelo.

—Aproxímate.

Era extraño. Obedeció sintiéndose libre por primera vez. Cuando estuvo lo suficientemente cerca la desconocida imprimió la descarga. La sustancia incolora que soldaba los segmentos de titanio y estructuraba el cuerpo de Argón se desintegró.

—Inactivo —la mujer habló a la antena que afloraba en su oreja.

*****

—Inicio de la cuenta atrás.

—10, 9, 8

—Carga.

—7, 6, 5, 4…

—De gas a pensamiento noble.

—3, 2, 1..

—Fluidez.

Aplaudían. Argón podía vislumbrar las siluetas a través de la cristalera del laboratorio. Pero él no podía oír ni moverse.

*****

Sentir el pelo erizado, las constantes vitales.

El Reciclado había prolongado su tiempo de vida. No sabía cuánto, pero era tiempo al fin y al cabo. Era afortunado, pocos disfrutaban de esa oportunidad. Se preguntó el motivo, quizá fuera debido a su masa atómica, era lo suficientemente pequeña como para ser inofensiva. Argón inflamaba el tejido seco de una segunda piel y funcionaba a la vez como codificador de la terminaciones nerviosas de un espécimen humano. Casi no daba crédito acostumbrado como estaba al contacto con los residuos inertes; ahora se veía a sí mismo envolviendo aquel cuerpo enigmático y sinuoso lleno de vida. Un cortocircuito nubló su mente, volvió a estar rodeado del suelo destripado de naturaleza y el cielo encanecido; pero solo fue un instante, apenas una milésima. Si los desechos de su memoria no le fallaban, el espécimen que cernía su esplendor dentro de él era la misma mujer que le había imprimido la descarga de desconexión dentro del contenedor.

Ella sujetaba una caja estanca y acristalada en cuyo interior aleteaba un pájaro. Plumaje blanco puro. Cabeza y lados del cuello de coloración amarilla. Dimorfismo sexual. Sumergido en el lecho marino Argón era incapaz de discernir el nombre del ovíparo. El hecho le desconcertó, nunca le había sucedido: sentir una fisura en el conocimiento… el vacío… Sabía que era importante. Pero debía contenerse, no transmitir ninguna inquietud. Era imprescindible que los datos botánicos fluyeran por la fibra cerebral y eso dependía de que las condiciones fueran soportables.

—Cuando te dé la señal, debes activar los presurizadores.

Aquel cuerpo que le hablaba desde dentro… los cortocircuitos respondían a un pasado común. ¿Pero desde cuándo? Podía percibir la tensión de los músculos de la espalda, los senos atrofiados por el ejercicio físico, el rictus tímido de la boca fruncida. La respiración de la humana se mezclaba con las pulsaciones de su mente, impelía su existencia algorítmica. A medida que avanzaban dejaban atrás una hilera de cimentaciones y … algo… inaprehensible… ausente.

Una vez emergieron a la superficie, Ella liberó el pájaro de la caja. Aleteaba sobre su hombro atado a una finísima cuerda. Ar-18 podía sentir las cosquillas del picoteo cerca del cuello; sin embargo, su función no era el disfrute. Debía ser una barrera de contención contra las sensaciones de cansancio y terror mientras Ella ascendía por uno de los pilotes hasta la subestación marina. Era asombroso la fuerza y el control que imprimía sobre las cuerdas de escalada.

 

—¿Coordenadas?

Argón cargó los datos: 76° 8’37 42″E

—¿Intensidad del viento?

Suroeste variable. 230km/hora

—¿Polución?

Nivel 0

Ella respiró aliviada, acto seguido, extrajo una caja de abedul de una funda impermeable. Con un pequeño taladro enganchó el recipiente debajo de uno de los soportes de la subestación, y sobre él, depositó el pájaro ya liberado de la cuerda.

Sin emitir ninguna comunicación soltó el arnés y se dejó caer al vacío.

 

—Inicio de la cuenta atrás.

El cuerpo de Ella disminuía en la distancia.

—10, 9, 8

Iba convirtiéndose en punto. Hasta desaparecer en la inmensidad azulada.

—7, 6, 5, 4…

—De pensamiento noble a ovíparo.

—3, 2, 1..

—Fluidez.

 

Ar-18  despertó. Aún era de noche. El nombre perdido estaba ahí, en el reducto 1453 de la memoria: Morus bassanus. Clase: Ave. Familia: Pelicaniforme. Enlazaba con otra información estanca: Vuelo Sulidae.

La capa de grasa subcutánea era agradable, lo suficientemente densa y solapada como para soportar las bajas temperaturas. Esta vez no percibía ninguna voz y voluntad ajena. Su nueva anatomía no le permitía sonreír. Si hubiera sido así, lo hubiera hecho.

Al alba probaría sus nuevas capacidades.


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