El artista del miedo

No soy muy mitómana, sin embargo, sí entraño una necesidad imperiosa por saber los entresijos de la vida de aquellos autores cuya obra ha despertado intensas emociones en mí, o ha trascendido de tal manera en la cultura popular que forma parte de ella. En una especie de trance obsesivo busco el sesgo, apenas el rictus de aquel momento que inconscientemente significó tanto. Franz Kafka, Emily Dickinson, Yorgos Lanthimos, Luis Buñuel, Vincent van Gogh, Sylvia Plath… son algunos de ellos. Y… David Lych.

Siempre contemplé con cierta reserva a aquellas personas aficionadas a las historias de miedo, ya fueran escritas o filmadas; era una niña que me tapaba los oídos bajo las sábanas en el campamento para no escuchar una sola palabra de aquellas narraciones. Odiaba a la vecina que bajaba con la camisa de Freddy Krueger, o se me amargaba el día al ver el cartel de la última película de miedo en el vídeo-club; debido, en gran parte, a que mi personalidad  era muy sugestionable y que mi imaginación tendía a hacer todo un mundo de cualquier insignificancia. David Lych me enseñó a perder ese miedo, a mirar con ojos más libres esa extrañeza o inconcreción que habita en la angustia. «El misterio es lo que más amo, el magnetismo de la vida, y me resulta maravillosos saber que de la mayoría de las cosas no conocemos nada», ha confesado el director americano en una entrevista. Nos pasamos la vida queriendo aprehender cuando deberíamos optar por recorrer el camino sin hacernos demasiadas preguntas.

Experto en crear atmósferas donde se mezcla lo cotidiano con lo soñado, elude a veces la comprensión exhaustiva

Recuerdo perfectamente cómo me atrapó la belleza del cartel de Twin Peaks la primera vez que lo vi: un cadáver varado en la orilla que conducía a aquel rostro con los ojos cerrados y el semblante casi plácido, Laura Palmer inerte, cubierta de escarcha azulada. No fui capaz de ver la película por aquel entonces, pues aún era una adolescente con demasiada sensibilidad, pero fue el primer paso que años más tarde concluiría con la admiración hacia la obra del director. El film y posterior serie se convirtieron en una especie de objeto de culto que obligaba a los fans a entrar en el mundo de Lynch.

Experto en crear atmósferas donde se mezcla lo cotidiano con lo soñado, elude a veces la comprensión exhaustiva; David Lynch es un autor del subconsciente, escapista de los significados, aficionado a poner al espectador en el papel del detective. Terciopelo Azul, Carretera perdida, Twin Peaks… su filmografía no es extremadamente prolífica pero su repertorio es significativo en cuanto a los mecanismos del suspense. Un artista del miedo, de esa idea que recorre lo inexplicable y a la que es fiel hasta sus últimas consecuencias.

El hombre de otro lugar, es el acertado título de la editorial Alpha Decay del monográfico escrito por Dennis Lim, periodista y realizador de programas de televisión estadounidense. No me gusta desentrañar ningún libro que haya leído, sólo os diré que lo elegí de la estantería de la biblioteca empujada por esa búsqueda que os decía al principio del post, o, en el caso de Lynch por esa especie de cuenta pendiente que siempre guarda con sus espectadores. El monográfico reúne detalles sobre la vida del director de manera entretenida y concisa, desde su primera película, «Six men Getting Sick» (Seis hombres vomitando) hasta el clímax de su carrera Muholland Drive.

Lim ofrece varias observaciones reveladoras sobre el modo de producción del director, al ser conocedor del lenguaje del cine por su profesión, sabe contextualizar la trayectoria creativa de Lynch y dar luz a aquellos recovecos argumentativos que cualquier escritor o artista que se precie agradece conocer.

Valoración 4/5


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