Al borde del asfalto

Laura echa mano de la taza de café, pero al notar la porcelana fría, cambia de opinión. Arde demasiado por dentro como para beber el líquido frío. No sabe cuanto tiempo ha transcurrido sin que haya abierto la boca, pero su madre no parece haber reparado en su silencio. Mujer de manos nudosas y torso amplio, tez oscura y ojos color miel. Para ella no tiene ningún reproche. Laura se levanta apurando la servilleta de su falda, cuando llega al fregadero arroja el café. Al descubierto, el poso de la taza es más negruzco y dulce de lo habitual. Al mirar por la ventana la ranchera de los vecinos ruge fuera del garaje; hasta la casa llegan los gritos de la pelea matutina del joven matrimonio. Petra y Javier. Laura sufre al escucharlos discutir al igual que cuando oye que ríen.

—Hoy no me esperes a comer —Laura besa a su madre en la mejilla—. La jefa quiere que me quede para perfilar unos asuntos en el periódico. —Destapa la tartera del guiso—. Guárdame algo de estas lentejas para la cena ¿eh?

Su madre asiente solícita. Cuando cierra los ojos, de espaldas a ella, Laura se imagina corriendo a la alcoba, desnudándose frente al espejo, sin temor a ver cualquier defecto en su cuerpo. Es una persona distinta desde hace semanas. ¿Qué me voy a poner? La pasada noche planchó la combinación color berenjena que su mejor amiga le regaló por su décimo octavo cumpleaños.

«Tantea el interior del bolso un buen rato hasta que da con él móvil. Aún se mueve con torpeza en el sigilo»

Laura, siempre plagada de remordimientos, se coloca los tirantes de la combinación sobre los hombros. Vibra el móvil en el bolso. Al ir a por él, el dedo pequeño de su pie izquierdo tropieza con la pata de la cómoda. Está a punto de maldecir, pero la felicidad que la tiene tan aturdida esos días, convierte el dolor físico en pequeña molestia. Tantea el interior del bolso un buen rato hasta que da con él móvil. Aún se mueve con torpeza en el sigilo. Tarda en centrar la vista y leer el mensaje: «Ganas de verte» Escribiendo… «¿Qué llevas puesto». Ella teclea temblorosa: «La combinación que te prometí». Laura, ¿cuándo había cumplido sus promesas? Cuando el deseo se había metido en su piel. ¿Se atrevería a conducir el Mini hasta el Parque de los Centenos? Sí, se atrevería. Embriagada de perfume, abrumada en el sonrojo.

*

Laura, sentada frente al ordenador, enciende uno y otro cigarro, el cursor del ratón aparece y desaparece en la pantalla sin imprimir ni una sola letra. Es la última en enviar la columna a la editora. ¿Qué fue de Julieta?, es el título provisional. Sabe que el artículo tiene sus fisuras, trata sobre una Julieta que no sucumbe al amor y no se suicida. Responde al telefonazo antes de la hora de la comida.

—¿Qué te sucede? —le pregunta su editora al otro lado de la línea telefónica.

—¿Qué quieres decir? —ella contesta.

—Lo que has escrito… No es propio de ti, es demasiado melodramático. Es pura mierda, pura sensiblería.

Laura no quiere defraudar a su jefa, pero tampoco compartir con ella la verdad. «Me estaría traicionando».

—¿No habrás pensado por un momento que lo fuera a publicar?

—Ni por un momento…

—Me dejas más tranquila

— Te debo una.

—¡Vaya si me debes una!

Laura cuelga el teléfono. Las terminaciones nerviosas de su cerebro parecen aletargadas, como si solo estuvieran al servicio de esos latidos que no reconoce como propios y que no cesan de golpearle el pecho. Quizá porque en el fondo no quiere pensar. Apaga la luz del despacho. El escritorio repleto de papeles garabateados. Deliciosa negrura.

«Estoy enferma de deseo, es eso».

Es la primera vez que conduce por aquella carretera secundaria. Los Centenos, 20 km. No queda mucho. La llovizna crea un velo de barro en el asfalto. Es precavida y respeta la señal de velocidad cuando atraviesa la hilera de bifurcaciones estrecha y sombría, custodiada por una altísima arboleda de eucaliptos. Cuando ya la ha superado y se dispone a tomar una recta, sin explicárselo, el piloto de control de presión de las ruedas salta. Disminuye la velocidad y aparca en el área de descanso más cercana que encuentra. Abandonada, suelo empedrado, un viejo cartel en el que se puede leer “SEÑORAS” gira dando cabriolas entre una maraña de ramas secas. Por lo menos ha dejado de llover. Al girarse un desconocido se acerca, viste un buzo desabotonado y atado a la cintura.

— La he visto detenerse aquí desde mi taller, es ese de allí.

Laura mira hacia la pequeña casita adosada a un pequeño garaje, al otro lado de la carretera.

—Antes aquí había una gasolinera ¿sabe?

Laura asiente sin escucharle. Apenas le mira, pero sí percibe el aroma a café que se desprende de él.

—Las ruedas —dice distraída— me ha saltado el piloto … y lo extraño es que antes de salir de la ciudad me molesté en revisarlas en otra área de descanso.

—Vamos a echarlas un vistazo.

Él se reclina y palpa los neumáticos. La urgencia. Laura no puede evitar admirar sus manos, a pesar de la aparente rudeza, conducen a unos antebrazos tersos y acerados. Cuando se da la vuelta, unos ojos azules le atraviesan.

—A simple vista, parece que está todo correcto… ¿Me permite?

Su sonrisa delata todo un mundo de tinieblas. Laura siente el cosquilleo en el ombligo. «Estoy enferma de deseo, es eso». No sabe si hace bien, pero le entrega las llaves del coche. El desconocido permanece unos minutos en el interior del automóvil.

—Todo está correcto. —se aproxima, su cuerpo emana un calor pastoso y líquido—. Era cosa de los chivatos, debía haber actualizado la memoria del coche una vez que infló las ruedas. Eso es todo.

—Gracias —musita Laura cuando él le entrega las llaves del coche.

«Laura busca y rebusca el perfil de él en el teléfono, lo toquetea como si la pantalla pudiera unir los tactos».

            Antes de arrancar vuelve a tantear el bolso en busca del móvil. El desconocido ya ha cruzado la carretera. En la pantalla vibra un SMS: «Lo olvidé. Hoy había quedado con mi mujer para llevar al niño al dentista. Javier». Laura busca y rebusca el perfil de él en el teléfono, lo toquetea como si la pantalla pudiera unir los tactos. A expensas… Es lo que la pone enferma. Arder. Día y noche. Frustrada, sale del coche.

—¡Perdone! —grita.

El hombre que la ha socorrido se gira y la sonríe desde el otro lado de la carretera.

—¡Ha sido tan amable conmigo y ni siquiera sé su nombre!

—David.

—¿Cómo?… ¿no le escucho bien? —pregunta acercándose al borde del asfalto.

—David.

           FIN

 

Si queréis comprar mi nueva novela lo podéis hacer aquí>>

Deja un comentario