#Virginia Woolf, una sinergia invisible

Es curioso cómo suceden las cosas. Esta semana, más concretamente el 25 de enero, se celebraba la efeméride de Virginia Woolf. 136 años sin su presencia vívida pero sí acompañados en cada una de sus páginas de su alma o su pensamiento, como cada uno lo desee considerar. El día antes –soy muy mala para ese tipo de acontecimientos-, saqué de entre los libros de mi pequeña biblioteca una bonita edición de Un cuarto propio, (Ediciones Lumen, 2013). Estos días me he preguntado si fue pura casualidad o fruto de la sinergia invisible que la obra de la escritora ha forjado a lo largo de los años, como una especie de energía en el ambiente que uno respira sin darse cuenta. Cuando compré el libro, he de confesároslo, fue por lo bonito que era y porque me había quedado impactada con otra obra de la escritora: El cuarto de Jacob. Lo adquirí guardando la esperanza de encontrar, si no una prolongación de sus personajes, sí algo parecido. ¡Insensata de mí!, no era consciente de que no se trataba de una novela de ficción, sino de un ensayo. El primero que caía en mis manos. Y fue la puerta que abrió a mi deseo de ser escritora. Virginia, y su forma incomparable de dar profundidad a los textos, de envolverte en su romanticismo.

Ediciones Lumen, 2013

Escribir. Poesía, cuentos, relatos. Folios repletos de borrones, historias inacabadas, vehementes elucubraciones. Una acción hecha a escondidas. Esa era yo de niña y, después, de adolescente. Fue leer varios pasajes de Un cuarto propio y darme cuenta de que escribir hasta entonces había sido una forma de dar sentido a las sombras que me habían acompañado. Pero cabía la posibilidad de ir un paso más, tocar con la punta de los dedos, ¿por qué no?, el arte.

Hay autores que nacen para trascender a lo largo del tiempo, sus escritos contienen un trasfondo imperecedero, una libertad fuera de lo común, una pasión y un compromiso hoy en día demudados por la celeridad de los tiempos. Virginia Woolf fue la primera escritora que leí, cuando digo escritora, hablo de las características biológicas que la determinan, no de sus textos, ni si quiera de la sensualidad que se deriva de ellos. Virginia abogaba por una creación literaria andrógina, por la experimentación en las perspectivas, hombre, mujer, perro, fuera de la autocompasión y el servilismo que entonces condenaba a las mujeres a una vida en la que no existía ni privacidad ni independencia. Estos días se habla de la igualdad salarial, Virginia Woolf ya lo adelantaba entonces: “Para escribir novelas, una mujer debe tener dinero y un cuarto propio.” Esta cita se puede extrapolar a cualquier campo en que una desee involucrarse.

Mujer escribiendo

Supongo que hoy en día Virginia Woolf contemplaría el panorama literario con cierta satisfacción, son algunas las autoras que han conseguido escribir con plena libertad, y sus obras han trascendido entre los lectores de todo el mundo. Basta nombrar el fenómeno más reciente, Margaret Atwood; o no tanto, Patricia Highsmith, Isabel Allende… Pero aún son muchos los márgenes desconocidos en los que nos encontramos. Y no me refiero a la artista ni a la obra, sino a la propia acción de crear. Cuando el éxito de una autora no sea noticia, cuando una mujer sugiera que escribe, o que se dedica a la pintura o cualquier otra expresión artística, y no tenga que escuchar la coletilla “¿como terapia no?; cuando no haya estadísticas donde se comparen las publicaciones literarias de escritores y escritoras, ni sus ganancias, entonces, iremos por buen camino.

Muchas veces me he preguntado cómo tuvo que ser para Virginia Woolf ser consciente de que su lucidez se nublaba poco a poco bajo el velo de la locura. Entre actos es su última novela, resume y magnifica sus principales preocupaciones: la transformación de la vida a través del arte, la ambivalencia sexual y la reflexión sobre temas del flujo del tiempo y de la vida, corrosión y rejuvenecimiento. Lectura recomendada.

 

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