Ópera prima

El secreto de Lena, protagonizada por la atormentada y misteriosa Lena, una mujer que tendrá que enfrentarse cara a cara con los fantasmas de su pasado

Después de una llamada telefónica Lena se ve obligada a regresar a su pueblo natal, Derma, después de quince años de ausencia. En la gran casa familiar se reencontrará con su madre y hermana, con quienes siempre ha mantenido una relación fría y distante. Lena, sin ser esa su voluntad, tendrá que hacer frente a los secretos del pasado, y a lo que más teme, al hombre que provocó su huía de Derma, y cuyo rostro es incapaz de recordar. El monólogo interior de la protagonista envolverá al lector en su propia confusión hasta desembocar en un nal inesperado.

Extractos de El secreto de Lena

La llamada

“—¿Lena?…—La voz sonaba rota y lejana—. ¿Estás
ahí? —insistió.
Sentí un vuelco en el estómago, de inmediato reconocí
a mi padre en aquellas palabras; hacía diecinueve años que no escuchaba su voz. Noté que tenía algo de “grijo”; siempre le caracterizó: fumador de puros empedernido.

—Sé que me escuchas… ¿Por qué no contestas?
Me deslicé cual lagartija desvaída por la pared hasta mal sentarme en el suelo; solté el teléfono. No sé cuánto tiempo estuve así, un minuto, quizá dos; la pulsión de los latidos sabía a sangre en mi lengua.”

Volver a Derma

“16:00 h. El Bugatti Galibier color champán supera los doscientos kilómetros por hora, atraviesa una estepa llana y rocosa interrumpida por algún caserón dedicado al ganado equino. Los relinchos asilvestrados me reconfortan, esta vez, Andrei conduce, apenas me atrevo a mirar por la ventanilla medio abierta. Percibo el inconfundible olor de la niñez: esa mezcla entre rosal y abeto humedecidos. <<Pronto asomarán las montañas>>. Un vuelco en el esternón, el corazón palpita con demasiado ahínco. La curva de la carretera bifurca peligrosamente hacia la derecha. << ¡Allí están!>>, comienza a llover con insistencia, los Montes Yerma erigen abruptos como dos guardianes rocosos a los lados de un diminuto templo, entre tinieblas. Asoman las primeras casas de paredes blancas y altos ventanales en lo alto de la loma derecha. Cierro los ojos, visualizo el pueblo en cuesta con las callejuelas empedradas y las charcas, con los aparejos tirados en el suelo y las barquitas volcadas en el fondeadero; con los tejados rojizos y los canelones cubiertos de musgo, con las albarcas a las puertas de las casas y los perros ratoneros, con los adobes salpicados de sangre durante la matanza del cerdo y la leche desparramada por los niños traviesos; con el griterío y el silencio.”

El cementerio

“Aúlla una manada de lobeznos en los Montes Yerma, imagino trepar por su abrupto relieve -pies descalzos, medias rotas-, respirar el aire tupido, alimentar el espíritu, ver un nuevo amanecer sin niebla, las lilas y amapolas mezclándose con las ortigas; correr sin miedo por caminos empedrados, dormir a la sombra de arbustos granates o pardos -según la luz de la lejana hoguera- (ojeriza, no importa el cansancio), perderme entre los árboles trenzados, recorrer los senderos casi olvidados… Abrazar a mi padre una última vez.”

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