El hombre que emerge de la niebla

Vintage Classics. Pintado por Lord Leighton. Portada por Megan Wilson, Random House

Abraham Stoker nació el 8 de noviembre de 1847 en el seno de una familia numerosa y pobre y en la que, a falta de bienes materiales, la cultura era tratada como un tesoro. Durante sus siete primeros años de vida su salud fue muy débil, y esto le obligó a pasar largas temporadas en la cama. En esa periodo su madre no dejó de leerle cuentos de misterio y terror lo que tendría, como hemos podido disfrutar, consecuencias literarias.

La vida de Stoker no fue dichosa, hombre de una formación matemática y filosófica, siempre guardó con celo la creación de su novela más conocida, Drácula. En 1878 se casó con Florence Balcombe, una antigua novia de Oscar Wilde; precisamente, el escritor inglés diría de Drácula que era «la obra de terror mejor escrita de todos los tiempos», y «la novela más hermosa jamás escrita».

“Hay mucho que aprender de las bestias”, “He cruzado océanos de tiempo para encontrarte”… son algunas de las citas que se encuentran en la novela Drácula y uno quiere guardar en el baúl de los tesoros literarios, soslayan retazos de la vida inconsciente o consciente del escritor irlandés, incluso onírica. ¿Acaso no nos pasamos la mayor parte del tiempo pensando? Una obra tan poderosa como Drácula despierta preguntas, cada una de las cuales respira de una cotidianeidad en la que la muerte no es una metáfora, sino una amenaza constante, fácil de imaginar como personaje de carne y hueso. Se dice que el conocido actor Henry Irving fue quien introdujo al autor en los submundos de Londres y París; un mundo de niebla donde a Bram Stoker gustaba perderse y que describió de manera magistral en cada una de sus creaciones. Fue ese oscura interés por el submundo el que le llevó a contraer la sífilis que le daría muerte. La niebla es, en definitiva, el preámbulo a la aparición del ente, en la novela Stoker, un depredador lo suficientemente difuminado para que el lector supere el terror y se deje imbuir en sus perversidades.

El interés por el mundo esotérico fue otra de las constantes vitales en la vida de Bram Stoker. La superstición y el oscurantismo abarrotaban los ambientes culturales de la época victoriana con la misma intensidad que el opio. “Estaba de moda” especular sobre lo inexplicable, motivo de largas tertulias era filosofar sobre el miedo y la muerte. Es curioso si observamos que Europa por aquel entonces comenzaba a embarcarse en el mundo de la técnica, la ciencia y el librepensamiento bajo el paraguas del Siglo de las Luces. Quizá fuera por eso mismo. La ciencia poseía un halo oscuro y desconocido propio de toda rama de conocimiento incipiente; inspiraba miedo, era campo donde aún era difícil fijar fronteras. Drácula germina de esa cepa.

Se dice que Bram Stoker perteneció a la sociedad secreta «Golden Dawn» y es muy posible que en su seno diera forma al argumento «Drácula». Pero su integración en dicha orden no sólo fue su única fuente inspiradora, sino también el estudio del sanguinario y temido príncipe Vlad Tepes de Valaquia que era conocido como el Empalador. Incluso contrató a un experto húngaro (Arminius Vambery) para poder conocer a fondo la vida del personaje real en el que se inspiró para crear su mítico personaje.

Sin duda, Drácula es una novela visionaria que en sus márgenes no escritos plantea sutilmente temas tan actuales como la eutanasia o los métodos clínicos y, cuya protagonista femenina, Mina, es uno de los primeros personajes feministas de la historia de la literatura. Quizá, inspirada en su propia esposa, Florence quien, tras la muerte del escritor fue la administradora de su legado literario y tuvo el suficiente arrojo para dar a conocer obras como la que sería la introducción de Drácula, el relato corto «El invitado de Drácula»; porque no lo olvidemos, Bram Stoker, además de crear la contundente Drácula, fue un maravilloso escritor de historias cortas.

 

 

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