Enredo

María no se creía lo que iba a hacer. Miró hacia arriba. Por el paseo que cada noche recorría junto a su perro Buzz a eso de las diez, no venía nadie. Ni si quiera el chico solitario de la cazadora verde que solía pertrecharse tras el telescopio, en el mirador sur, se había animado a salir ese día de casa. El Amante de estrellas. El muchacho nunca usaba el camino habitual de los viandantes. Cuando María no le veía deambular entre los matorrales, le echaba de menos. ¿Qué será de él? El día fenecía nublado. Será eso. Era 1 de enero. María había añorado hacer lo que estaba a punto de hacer durante años. Se desató el cinturón de la falda; la brisa, a su espalda, sacudía ligeramente su coleta. Era como si le dijese: Está bien, lo que vas a hacer, está bien. Sintió una leve excitación en el vientre y sonrió. Está bien, salió de sus labios. No necesitaba el permiso de nadie. Ya no. Siguió bajándose la falda; a la altura de las caderas, aprovechó para tirar de las braguitas. Sus movimientos eran pausados, nada nerviosos; desde que había dado el primer paso dentro de la arena a los pies de aquel promontorio rocoso, todo a su alrededor se había ralentizado: el frío, el viento, la plomiza sensación de hastío. Sentía los brazos y las piernas más pesados de lo habitual, pero no ningún otro tipo de molestia. Sus sentidos habían tomado la agudeza de un animal salvaje. A unos metros de ella velos crispados rompían la oscuridad líquida e insondable. El mar asemejaba un manto viscoso y negruzco. Aunque era torpe y el tiempo no acompañaba, no se echaría atrás. Por nada. Demasiadas veces lo había hecho a lo largo de su vida. Como aquel encuentro con David en las vías del tren. Le quería… Muchas veces se había preguntado por qué había dejado de acudir a la cita. Igual fue ese el motivo. Que le quería. Tendría unos diecisiete años, nerviosa abrió el buzón a sabiendas de que encontraría la carta. Mañana es el último día. A las siete. He conseguido que mi tío haga la vista gorda en el vagón tres. Tres un número que dista mucho de los dos polos que forman una pareja. Aún al recordar esa tarde de 1983 le latía fuerte el corazón. Ella anudada a las sábanas sin querer salir de un malestar que no tenía cura. ¿Pero que haces todavía en la cama, niña? Estoy enferma, madre. En los últimos meses ese recuerdo no había sido ni mucho menos de arrepentimiento, sino la llave que abría a una posibilidad de sentirse otra vez viva, un elixir de la memoria que la empujaba a rescatar un poquito de voluntad. Y no por la esperanza del reencuentro, ni mucho menos. No había sido consciente, hasta hacía pocas semanas, del miedo que le daban los sentimientos. Se palpó el torso desnudo, terso a pesar de las cuarenta y cuatro primaveras que habían perfumado la carne. Se había quitado la camiseta y el sostén sin darse cuenta. Miró a los lados. Habían sido sus manos, no otras, no las de David ni las de Miguel. Miguel… ella siendo carne entre sus huesos, siendo sombra. Primero por devoción, luego por obligación, y más tarde por miedo. Escuchó su propia respiración como si perteneciera a otra mujer. Qué extraño sonaba el aire que entraba y salía de sus pulmones. Más enérgicos, sin vergüenza. Los granos de arena acariciaron sus tobillos: ya traían la humedad del salitre, ya traían el destino escurridizo. Esa humedad que durante tanto tiempo le había sido negada, subía por sus muslos, empapaba su espalda, dibujaba su ombligo. Y aunque la atenazaba el frío y sus labios tomaban el color de la ceniza, siguió sumergiéndose, notó entre sus dedos la sensación algodonosa de los primeros pasos de una vida. Pero no era la de un bebé. Era otra la placenta. El frío en forma de sal empapó su lengua, saboreó el dulzor amargo. Dio la primera brazada, los músculos que rodeaban su cuello se tensaron, el ligero agarrotamiento puso en guardia el resto del cuerpo; era una reacción casi olvidada, muy distinta a la rigidez de la otra inquietud, la que era adicta a la espera (que no a la esperanza). Un gesto amable, una complicidad que la condujera a tiempos mejores. Siempre al abrir la puerta de casa había topado con una pared acristalada. Sus pies se desprendieron de la tierra y el malestar perdió peso. Hacía años que no nadaba, ella que desde bien pequeña acompañaba a su padre incluso bien entrado el invierno a echar la caña, y más de una tarde, siendo ya adolescente, se enfundaba en neopreno y se sumergía en esas mismas aguas, daba igual el tiempo que hiciera. David, Miguel, ninguno de ellos había empapado su cuerpo de forma tan sinuosa ni envolvente. Es lo que tiene el deseo. Sus cabellos se enredaron en algas verdes. Inofensivo enredo.

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