Zánganos en la nieve

—Jamás ven el invierno. Si lo logran, el pueblo acomete contra ellos. Si consiguen huir, mueren de frío o de hambre.

—Cuéntemelo otra vez, ande —le pide Abel con la boca abierta.

—Pues eso, chico —contesta la anciana mientras extiende la masa del guirlache sobre la oblea —los zánganos, los zánganos de las colmenas nunca han visto nevar, esta miel que amalgama las almendras es lo único que queda de su nacimiento en primavera. —Agita el rodillo frente a la cara del muchacho.

Abel da un respingo: la vida oscura y asfixiante también comenzó a latir en él por esas fechas. Un resto del dulce de Navidad, tibia y dulcemente, resbala por su nariz. De espaldas a la mujer, con la punta del dedo coge lo que ha quedado impregnado. Lo introduce en la boca.

—¿Qué haces ahí parado? —vocea el supervisor Jiménez a su espalda— ¡Vuelve al almacén sino quieres probar mi cachiporra!

En lo estrecho del pasillo, entre los haces de luz, flota el aliento de los demás niños. Judías, cabracho, lechazo destetado. Las tripas hablan a la altura del ombligo. Pedro hace un gesto con la cabeza a Abel desde el fondo para que se acerque. En silencio y en fila descargan los sacos de comida. Manos frías, encallecidas de sabañones. Abel del abuelo Abelino. Él ni ninguno de los otros zagales disfrutarán de nada de lo que amontonan. Su compañero de celda en el correccional le susurra al oído: “Tenemos que largarnos. Esta misma tarde. No aguanto más”.

—Son unos putos vagos —Jiménez enciende el cigarrillo mientras los vigila desde el umbral de la puerta —tienes que estar detrás de ellos para que hagan algo.

No saben a quien habla, les da igual, el susodicho siempre encuentra a alguien para entretenerse y alargar la hora del transporte más de la cuenta. Amigo del aguardiente y del sexo a oscuras con prostitutas de muslos rollizos. Del retraso, les echará la culpa a ellos.

—Soy capaz de hacer cualquier cosa al mierda ése —Pedro rechina entre dientes cuando regresa a la camioneta.

Abel le engancha de la camisa.

Se desvían hacia cocina.

El olor a azúcar abre las papilas gustativas. La anciana no está. Sí la lámina del guirlache entre dos obleas, troceado en filas. Abel coge una docena de porciones y le da otras tantas a Pedro.

—Nos vendrán bien para el camino.

Los dos amigos mastican el guirlache con ganas. Los demás no exigen nada del botín: saben de sobra que Abel y Pedro necesitarán de toda la fortaleza y energía.

Sonríen mientras el traqueteo de la camioneta atempera el frío en sus nalgas. A mitad del trayecto el rufián del Jiménez bajará a mear. Abel y Pedro tienen el palo preparado, bien atado  bajo la pernera del pantalón. «Un solo golpe”, han acordado. En la cabeza. El alcohol hará el resto.

*

La sangre late en sus lenguas, sienten el cuerpo entumecido, ríen de miedo y de dicha sin mirar atrás. Corren y corren hasta llegar al primer pueblo. Ya ha anochecido. La ausencia de transeúntes es cómplice de la huida.

Comparten el último trozo del guirlache  sentados en los escalones de un portal. La nieve embarrada a sus pies contrasta con el manto blanco y deslumbrador de la arboleda que se extiende ante ellos. Abel cree distinguir los ojos de un lobo en la espesura. No tiene miedo. No, después de lo que han conseguido. Los copos de nieve caen acariciadores, casi sonámbulos sobre ellos. Se miran y sonríen hasta que la mandíbula duele. Pararán un momento a descansar y volverán a echar a correr por la nieve.

 

FIN

One Reply to “Zánganos en la nieve”

  1. Muy bueno. Un saludo.

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