Viento sur

Como un acto reflejo pulsó el interruptor, una, dos, tres veces. Hasta que recordó que habían cortado la luz. Hacía dos meses que no veía la lámpara del techo relucir, aunque fuera polvorienta, sus bonitos cristales grisáceos colgando, su regio reflejo en la cortina de encaje que velaba la ventana. Eso era lo que más añoraba: ver brillar el regalo que le hizo su madre el día de su boda antes de irse a dormir. Su marido, su Armando, ¡ay, cuánto hacía que había muerto! Ni lo recordaba… en este siglo o en el pasado. La memoria le jugaba malas pasadas, entre ellas, la de no recordar la cara de su esposo. Menos mal que a veces reparaba en la foto de la mesilla de noche, ellos dos, en el puerto, vestidos con las mejoras galas, agarrados de la mano, sonriendo. La ocasión lo merecía: no todos los días a uno le nombran jefe de dique.

Abrió la ventana y dejó entrar el viento sur en el dormitorio de paredes floreadas. Desde bien niña le había gustado el olor que traía el otoño: las ráfagas revoloteando por su pelo, de camino al colegio, ella, con su gorra y sus botas, su bocadillo de queso y membrillo entre dos rebanadas de pan de centeno, dentro de una caja de latón. Solía hacer parada en la biblioteca y elegía un libro. No importaba si se titulaba Una ciudad flotante, Moby Dick o El conde de Montecristo… durante catorce días sería ella la protagonista de la historia que página tras página devoraría. Con un poco de suerte, la bibliotecaria le dejaría coger una caja de juegos de mesa y ella y sus dos hermanos podrían pasar el fin de semana entretenidos.

El viento agitó la lámpara. Claudia sonrió al escuchar el tintineo: ella, mujer de su casa, los niños correteando de un lado a otro por el pasillo, la jarra de leche bullendo en la cocina, el pan tostado recién horneado y la mantequilla, ella pensando en lo que poner de comida, sólo sería un plato pero estaría a rebosar, su marido y sus hijos se relamerían.

Al asomarse a la ventana se dio cuenta de que las tiendas aún estaban cerradas. Miró el reloj de muñeca por inercia, pues ya nunca acertaba a diferenciar los números que marcaban las agujas. Supuso que serían las cinco. Podía disfrutar de la paz que se respira en la ciudad antes del ajetreo matutino. El silencio y el viento: qué más podía pedir. Últimamente no salía de casa: se tropezaba con facilidad, más de una vez, un viandante le había tenido que ayudar a volver al portal.

Aunque no tener luz era un incordio, tenía sus cosas buenas: el piso era más silencioso y no le sobresaltaba el timbrazo del cartero ni echaba cuentas de las noticias de la radio. Le ponían el corazón en un puño. “¡Ay si viviera Armando! ¡Ay si viviera Armando!”. Ni si quiera abría las cartas. Era casi centenaria y no eran pocos los comentarios que tenía que soportar de las vecinas: “¡Que bien lo llevas!” “¡Si tú nunca has estado enferma!” Y la soledad, la soledad que la carcomía. Pero ella no iba a ser para nadie una carga. Sabía lo rápido que pasaba la vida, lo cortos que eran los buenos momentos. Aunque a veces sí se arrepentía de haber puesto las cosas tan fáciles a sus hijos: le costaba tanto encender la lumbre de gas, últimamente siempre desayunaba el café frío. «¡No se hable más!», se echaba otra cucharada de azúcar.

Su nieta había venido a estudiar a la capital, pero apenas paraba por casa. Claudia se conformaba con escucharla ir de un lado a otro de las habitaciones, con prisas; secretamente, se imaginaba  con la misma agilidad de movimientos, la misma independencia. El perfume fresco y oriental que siempre flotaba en la casa desde que su nieta estaba. «Que haga todo lo que yo no pude hacer, aunque se equivoque… De mí no recibirá ningún reproche».

FIN

 

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