Treinta minutos

El portazo hizo retumbar las paredes de la casa, después, vino el silencio, interrumpido por los pasos de Mauro alejándose por el pasillo. Paula se cubrió la cara con las mangas del pijama y se acurrucó sobre la silla de la cocina. Ella aún siendo niña, el luminoso adosado en Montepinar, la litera para los niños, el primer beso, la noche de bodas… Chasqueó la lengua. Todo eso había quedado reducido a cenizas. Oyó el ruido del motor en el garaje, aquel que era capaz de reconocer entre decenas de coches y que correspondía al utilitario de su marido. Sus idas, sus venidas…

El metalizado del Seat Altea resplandeció en el amanecer mientras tomaba la curva que conducía a la autovía, Paula, asomada a la ventana del salón, relajó el rostro: la silueta de Mauro se desvanecía entre los troncos de los árboles que bordeaban la carretera. De súbito, sus pupilas se contrajeron. Apartó la cara del cristal. Apenas quedaban treinta minutos para que él llegará al trabajo y comenzará a bombardearla con mensajes y llamadas telefónicas. “¿Qué haces?” “¿Dónde estás?” “Llámame”. Torpemente anduvo hacia el aparador, los rayos de sol incidían lánguidos sobre su cuerpo. Encendió el tocadiscos con la frialdad de quien ha asimilado la sensación de terror como rutina. Le gustaba escuchar música a esa hora de la mañana, en el pequeño intervalo de tiempo, bajito, para conciliar el único sueño reparador de todo el día.

El piano de Brigitte Engerer tecleó las primeras notas del Nocturno en si bemol de Chopin. Se recostó sobre el sofá y cerró los ojos. Ella conversando en un café de la Calle Alcalá hasta altas horas de la noche con un amigo, riendo, buscando en el alcohol cierta inconsciencia para perder la timidez, sintiéndose deseada al cruzar la mirada con él sin pensar que era una mujer mezquina. Un bulto bajo el muslo llamó su atención; al palparlo se acordó: ni si quiera le había dado tiempo a desenvolver el paquete la tarde anterior, cuando Mauro había comenzado otra discusión nada más entrar por la puerta. No sabría decir el motivo… los reproches eran sistemáticos… por las cosas más ridículas. Se reincorporó.

“Más fuerte que el acero” versaba la publicidad de la caja. Las letras eran gruesas y estilográficas, inclinadas hacia arriba. Al tacto, ardían. El contenido eran unas medias de nylon con costura, de esas tan bonitas con una sola línea vertical en la parte trasera de cada pierna, como si alguien se hubiera entretenido en bordarlas a mano, imaginando que las acariciarían siguiendo el recorrido. Paula no se lo había pensado dos veces al verlas en el escaparate de la Mercería Ivana y las había comprado, eran las que había usado su abuela toda la vida, la mujer que la crió, la que le repetía una y otra vez “estudia y sé independiente, chiquilla”.

Los pantis se adaptaron a su piel a la perfección. Siempre fue una mujer voluptuosa y, aunque se acercaba a la cincuentena, su figura conservaba cierta tersura de juventud. Una sensación extraña le invadió, no sabría describirla. Sus piernas, su talle, incluso su espalda y su torso… palpitaban de una forma desconocida.

Sostuvo sus mejillas entre las manos y alzó la vista hacia la pantalla apagada del televisor.

Su silueta poco a poco fue ganando nitidez en las treinta y dos pulgadas; algo asustada, se atrevió a dar unos pasos de baile sobre la alfombra mientras se miraba. Ella no se daba cuenta, pero los ojos le brillaban. Por una vez, en mucho tiempo, se reconocía en aquella mujer que distinguía en el reflejo.

Miró el reloj de pared del salón: aún le quedaba tiempo… El suficiente.

Ni si quiera se quitó las medias. Se puso el pantalón de pijama y el anorak encima. Abrió la puerta de casa.

FIN

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