Voces en Bataclan

“Sigo pagando a la compañía telefónica para poder escuchar a mi hija”. Cuando muere un ser querido te aferras a lo poco que te queda de él. Me imagino que el padre se refiere al buzón de voz, quizá el mensaje sea especial, contenga un guiño o una clave que solamente entiendan ellos dos. O quizá sólo quiera escuchar su voz. La de él cuando habla no se entrecorta a pesar del dolor que enseguida uno puede intuir en sus palabras. Por lo que calla, por lo poco que declara. Es dulce, arrastra cierta sensación árida. Su hija murió en los atentados de la Sala Bataclan, hoy 13 de noviembre de 2017, hace un año. Él no lo ha superado aún, confiesa, como si fuera una obligación superar algo así. Cada día que pasa la echa más de menos. Todos le entendemos. Porque cuando alguien que quieres desaparece, todo te parece poco, no necesitas de sus objetos sino de su presencia.

Las ráfagas de las balas, la confusión, el aullido. Por mucho que uno intente imaginar nunca se acercará al terror que se vivió allí dentro.

Aquellos muchachos corriendo, desesperados y aturdidos, casi en silencio, por las calles aledañas a la sala, sin ser del todo conscientes de lo que les sucedía. Nosotros, meros espectadores de los informativos, queríamos gritarles que despertaran, que todo era un mal sueño. Pero la pesadilla ya había ocurrido; nadie pudo dar macha atrás, advertirles que esa noche no acudieran al concierto. El mundo despertó conmocionado, enseguida presintió la fractura que se abría.

Aún recuerdo las imágenes mudas de aquella cafetería, donde se veía cómo uno de los terroristas apuntaba con un rifle kaláshnikov a una mujer, a bocajarro. Se le encasquilló el arma y ella salió corriendo. En más de una ocasión me he preguntado qué fue de ella, si ha superado aquello.

Hoy las calles de París no huelen a sangre, sino a flores, a cera derretida. Detengamos el tiempo e imaginemos por un momento. Imaginemos el concierto, minutos antes de lo sangriento, esa energía que se respira con los primeros acordes del bajo o el teclista. Comunidad, desenfreno. Tú estás allí dentro, con ellos. Te invaden las ansias de querer que empiece la música. Dejarte llevar, que el cuerpo sea el que piense en lugar de la cabeza. No te hace falta distinguir las caras de los que te rodean porque sabes que vibrarán a tu mismo ritmo, quizás un poco a descompás, quizás cada uno por su lado, pero a tu mismo ritmo. Tú ya me entiendes. Sin importar quién eres, cómo te llamas, qué bebes, qué ideas políticas defiendes, cuál es tu postura sexual favorita, que religión profesas, si te gustan o no las mujeres. París, la ciudad hedonista, del amor, la ciudad que no duerme… Vibras al mismo compás que el que baila a tu lado, pierdes la voz por gritar las letras de las canciones, durante más de dos horas estás fuera del mundo, ajeno a tu naturaleza. No quieres que el concierto acabe nunca. Sudas, jadeas, sonríes sin saber a quién miras, porque lo que valen son los latidos, el ritmo, el instinto de lo que eres. Porque como dice Sting en el concierto que ha tenido lugar hoy con motivo de la efeméride, se trata de “celebrar la vida y la música”. Nada más que eso.

Ana de Beraza Lavín © Todos los derechos reservados

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