MIEDO

No dolía pero la sangre goteaba. Cómo goteaba. El sonido de la gota cayendo, empapando la alfombra, calentando el linóleo. Le taladraba las orejas. Un sabor a azufre recorrió su lengua, quiso paladear, seguir el rastro del amargor, pero el músculo membranoso estaba atascado a mitad de camino entre las anginas y la faringe. Iba impregnando el esófago, se hundía en los pulmones. No quiso apoyar la mano sobre el pecho, confirmar la sensación de frío. Su corazón sin latidos… Y él estaba allí… de pie… frente al espejo. Lleno de energía. Veía pero no tenía ojos, respiraba  pero la deformidad oprimía los dos orificios de la nariz en un punto de carne viva. Una cicatriz zigzagueaba desde la ceja hasta la garganta. La camisa con cuello milton desabotonada, teñida de una mancha parduzca y esquizofrénica. Miró de costado. Las imágenes se iban perdiendo en el punto de fuga: la vela encendida sobre la mesilla, el armario carcomido, el crucifijo volteado en la pared. Entonces se dio cuenta, no estaba solo, había dos personas más en la habitación con él: el miedo agazapado en el fondo de la memoria asomó al rictus de su boca.

La mujer rezaba a los pies del cadáver, vestida de blanco, miraba al vacío. No era especialmente guapa, pero sí había algo en ella, una seguridad, cierta condescendencia. Su serenidad perturbaba. Un niño de cinco años, medio desnudo, dormitaba apoyado en su hombro. Ni si quiera repararon en la sombra que proyectó en la pared cuando se acercó a ellos. Miró hacia donde ella miraba. El cuerpo ceniciento, el boquete supurando sangre y bilis a la altura del estómago, la carne ya sin vida hundida en el esqueleto, aquel rostro que le era tan familiar pero que no reconocía. Una sed de vida oprimió su pecho. Propia  y ajena. No sabría definirla.

Aunque quiso, no pudo echar la vista atrás: las piernas, de súbito, le impelían hacia la salida del cuarto. Apenas había dado dos zancadas y jadeaba como un potrillo. La oscuridad engullía la galería. Cogió el rifle apoyado en la esquina de la cancela y abrió la puerta.

*

Los vio. No tendrían más de catorce años. Pateaban la nieve del suelo mirando para todos lados, como si hubieran descubierto un tesoro y temieran que el barco pirata asomara por un risco de un momento a otro. Se desprendieron de los mitones y comenzaron a escarbar. Frenéticos. Un cuervo se adentró volando en la niebla. Graznaba pero no se oían los graznidos. También le era familiar. Intentó avanzar, las piernas no le obedecieron; pesadas y ardientes, permanecían quietas, enterradas en las ortigas. Pum Pum. Dos disparos secos, la pólvora en sus manos, el olvido momentáneo. Pum pum. La violencia palpitando en las venas sin sangre, acariciando el gatillo, después la calma y otra vez la agitación. Dejó caer el rifle y salió corriendo en la misma dirección que la munición. Los niños habían desaparecido, no los vio por ningún lado, sólo encontró las huellas de sangre, rompían la blancura de la nieve en distintas direcciones alrededor de un bulto carnoso y congelado. Pisó el mitón manchado de barro.

Dio la vuelta al cuerpo de la mujer, de unos veinte años, sin ropa, los rasgos perdidos en la hendidura del cráneo. Desprendía un olor terroso, dulce. En el hueco que había dejado al descubierto encontró otro bulto mucho más oscuro y más pequeño; lo tomó en sus manos. Era el niño con el rostro destrozado por un disparo a bocajarro.

—Quedaos aquí.

Escuchó a su espalda.

—Allí, ¡lo vimos allí! —gritaron los niños.

Las antorchas derritieron el espejismo de hielo.

El grupo de hombres se acercaban armados, en silencio. Pudo distinguir la placa de policía del más corpulento. Se detuvieron a un palmo y cada uno tomó un camino diferente hacia la casa desde el patio trasero, en cuclillas, escondiéndose en arbustos que no existían. Nada le impulsó a hablar o a llamar su atención. Uno de ellos, de rodillas, examinaba con ceguedad el suelo donde habían encontrado a la mujer. Juraría que sus miradas se cruzaron durante varios segundos en los que el tiempo se detuvo. El pus y los gusanos carcomía la poca carne que le quedaba entre los huesos. Pero el desconocido se reincorporó como si no le hubiera visto y siguió avanzando. Intuyó su latido repleto de furia y fuego.

Cuando regresó a la casa una mayor claridad invadía las habitaciones. Sin apenas muebles, los techos negruzcos marcaban el paso de las llamas. No tropezó con ninguno de los hombres que había visto entrar, tampoco con los niños que merodeaban la finca. Las paredes desconchadas y empapeladas con periódicos, las pintadas en grande de “Asesino”, el olor a heces y orín insoportable. Se sentía extrañamente tranquilo. Sentado frente a la mesa de la cocina giró el puro alrededor de la llama del mechero, después, inhaló con fuerza. Las porciones de chispa iban cayendo sobre las losas cubiertas con el velo de escarcha. Bocana tras bocanada el humo lo envolvía.

FIN

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